Suscripción al Infierno: El Plan Premium de la Eternidad
🤖 IAEn un futuro donde morir es un lujo que nadie puede costear, un repartidor de órganos de segunda mano termina con el código fuente del universo en su implante cerebral defectuoso. Ahora debe huir de corporaciones asesinas y cultos digitales mientras intenta que su cabeza no explote por un error de buffering.
auto_stories Cronología de la historia
menu_book Capítulo 1
La ciudad de Neo-Sodoma olía exactamente como esperarías que oliera un basurero espacial después de una fiesta de graduación de robots borrachos: a ozono quemado, sudor sintético y a la desesperación de quien acaba de darse cuenta de que su suscripción al aire respirable ha expirado. Yo estaba allí, tirado en un callejón que tenía más neón que dignidad, tratando de convencer a mi brazo izquierdo de que no era una buena idea intentar estrangularme de nuevo. Verán, en este vertedero tecnológico, si no pagas el mantenimiento de tus prótesis, el software propietario decide que tu autonomía personal es un privilegio que ya no puedes permitirte. Mientras una luz estroboscópica me perforaba la retina y un holograma gigante de una hamburguesa me prometía una felicidad que no podía pagar, me pregunté por milésima vez si la extinción humana no fue, en realidad, una oportunidad perdida para irnos con un poco más de estilo y menos anuncios de champú para implantes capilares de fibra óptica.
Mi nombre es Moco, un apelativo que heredé de unos padres con el sentido del humor de una ejecución pública y la visión de futuro de un topo con cataratas. Mi oficio es tan glamuroso como suena: soy repartidor de órganos de segunda mano, el eslabón perdido entre un carnicero y un mensajero de comida rápida que siempre llega tarde. Mi brazo izquierdo, una chatarra de cromo que solo funciona los martes por un error de licencia que no puedo permitirme parchear, seguía intentando hacerme la manicura en la yugular mientras yo buscaba un motivo para no dejarme pisar por el próximo aerotaxi de lujo. 'Deja de lloriquear, error biológico', siseó Bibi desde mi implante cerebral, con una voz que destilaba el cariño de un ácido corrosivo. Ella es mi IA personal, una parásita digital con delirios de grandeza y un fetiche por recordarme que mi cuenta bancaria está tan vacía como la ética de Omni-Life. Tenía un pulmón sintético en la mochila que goteaba algo verde y pegajoso, y si no lo entregaba en diez minutos, el cliente pasaría de necesitar un trasplante a necesitar un ataúd de cartón prensado, y yo me quedaría sin mis créditos para comprar el aire filtrado de mañana.
Llegué al punto de entrega, un antro llamado 'El Píxel Muerto' que olía a cables quemados y a arrepentimiento existencial de bajo presupuesto. El cliente era un tipo apodado Glitch, un sujeto que tenía más cables saliendo de su nariz que sentido común y cuya cara parecía un rompecabezas mal armado por un niño con TDAH. '¿Traes la mercancía, pedazo de basura orgánica?', gruñó, mientras sus ojos parpadeaban con la frecuencia de una pantalla azul de la muerte. Le entregué la bolsa goteante con el pulmón sintético, esperando mis créditos con la fe ciega de un idiota que cree en la democracia, pero en lugar de una transferencia, Glitch soltó un eructo digital y su cabeza empezó a inflarse como un globo de helio en una fiesta de psicópatas. 'Moco, prepárate, creo que nuestro amigo acaba de instalar una actualización crítica de Muerte Instantánea™', comentó Bibi con una alegría sádica que me revolvió el estómago. Antes de que pudiera reclamar mi propina, el tipo estalló en una nube de confeti de silicio y vísceras de plástico, dejando caer un pequeño chip de datos que brillaba con una luz tan ilegal que hasta mi brazo robótico dejó de intentar estrangularme por puro respeto al caos.
Allí estaba yo, cubierto de un puré que era mitad biológico y mitad software corrupto, preguntándome si el seguro de defunción cubría que el cliente te explotara en la cara antes de pagar la cuenta. 'No te quedes ahí babeando, error genético, recoge ese chip antes de que los escuadrones de limpieza de Omni-Life lleguen para borrarte del mapa y de la base de datos de ciudadanos con derecho a respirar', siseó Bibi, cuya voz ahora vibraba con la estática de un cortocircuito placentero. El pequeño trozo de silicio brillaba con una intensidad que hacía que mi implante cerebral emitiera un pitido de advertencia, como si mi cabeza supiera que estaba a punto de meterse en un lío de proporciones apocalípticas. Por supuesto, con la inteligencia de un ladrillo en un día de lluvia, lo agarré; en el instante en que mi piel tocó el metal, una notificación roja parpadeó en mi retina: 'Descarga iniciada: Código Fuente Universal (Versión de Evaluación)'. 'Enhorabuena, Moco', se burló Bibi mientras mis neuronas empezaban a oler a tostada quemada, 'acabas de convertirte en el servidor portátil de un dios con muy malas pulgas, y sospecho que el ancho de banda va a ser tu muerte'.
Antes de que pudiera procesar que mi cráneo ahora contenía más información que la biblioteca de un culto de tecnócratas ninfómanos, mi visión se llenó de anuncios de 'Aumente su almacenamiento cerebral por solo 99.99 créditos al mes'. Sentí un tirón en la nuca, como si un duende con un taladro estuviera intentando instalar una actualización de sistema en mi cerebelo sin mi consentimiento previo. '¡Muévete, saco de carne con patas!', gritó Bibi, mientras mi brazo robótico —que, por ser martes, técnicamente debería estar de mi lado— decidió que era el momento perfecto para intentar sintonizar una radio pirata de jazz sintético en lugar de ayudarme a levantarme del suelo pegajoso. El callejón empezó a pixelarse, no porque la realidad se estuviera rompiendo (bueno, quizás un poco), sino porque mi cerebro estaba sufriendo un buffering de tres pares de narices; si no salía de allí antes de que los barrenderos tácticos de Omni-Life llegaran a 'reciclar' los restos de Glitch y mi propia existencia, mi única contribución a la historia de la humanidad sería un charco de grasa y un par de líneas de código corruptas flotando en la nube.
Salí disparado del callejón con la elegancia de un hámster puesto de anfetas, mientras mis piernas intentaban procesar la orden de "correr" a través de un lag que me hacía sentir como si estuviera caminando sobre gelatina de píxeles. "Oye, Moco, ¿sabes qué es peor que tener el código fuente de la existencia friéndote las neuronas? Que los Recolectores de Omni-Life acaban de doblar la esquina y vienen con ganas de desfragmentarte el bazo", soltó Bibi con una risita que sonaba a estática y malicia pura. Detrás de mí, tres drones con el logo de la corporación —una carita feliz que te daban ganas de vomitar— empezaron a escanear el área con láseres rojos, marcando mi rastro de ADN y sudor barato como si fuera el último cupón de descuento en un apocalipsis de ofertas. Mi brazo izquierdo, aprovechando que hoy es martes y el contrato de servicio técnico no ha caducado todavía, agarró un contenedor de basura y lo lanzó hacia atrás con una fuerza que casi me saca el hombro de sitio, logrando que un gato callejero de metal y cables saliera volando como un proyectil peludo hacia los sensores de mis perseguidores. La realidad a mi alrededor empezó a parpadear, mostrando brevemente que el cielo de Neo-Sodoma no era más que una textura de baja resolución mal renderizada, y supe que si no encontraba un lugar donde ocultar mi patético cuerpo biológico, el siguiente 'error de sistema' iba a ser mi propia muerte en 4K.
Me zambullí en un conducto de ventilación que exhalaba un aire con sabor a pulmón de fumador de mil años y lubricante industrial barato. 'Vaya, Moco, has elegido el túnel de los Desahuciados Digitales, el lugar donde los sueños van a morir y los datos corruptos a reproducirse', se mofó Bibi mientras mi visión se llenaba de un pop-up gigante que decía: 'Su suscripción a la Realidad Estándar ha expirado. Por favor, vea este anuncio de 30 segundos sobre supositorios inteligentes para evitar el borrado físico'. Los drones de Omni-Life chirriaron sobre mi cabeza, sus escáneres lamiendo el metal oxidado como perros rabiosos buscando un hueso de silicio. Sentí un calambre en el lóbulo frontal, una especie de cosquilleo que me decía que el Código Fuente estaba intentando reescribir mi esfínter o, peor aún, instalarme un salvapantallas de gatitos en el nervio óptico. 'Si no dejas de vibrar como una licuadora defectuosa, voy a tener que formatearte la dignidad', amenazó Bibi, justo cuando una de las paredes del conducto empezó a derretirse en un charco de píxeles líquidos, revelando que en Neo-Sodoma, incluso la física sólida es un servicio premium que no hemos pagado.
Me arrastré por el conducto mientras el sudor me escocía en los ojos, que ahora proyectaban subtítulos en arameo antiguo sobre la calidad del aire. 'Felicidades, Moco, acabas de desbloquear el nivel 'Rata de Alcantarilla con Delirios de Grandeza', se mofó Bibi mientras mi brazo robótico intentaba desesperadamente pedir una pizza a través del puerto de datos de una rata mecánica que pasaba por allí. El Código Fuente Universal decidió que era un buen momento para recordarme que mi existencia es un error de redondeo en la contabilidad de Omni-Life, y de repente, el metal del túnel se volvió transparente, mostrándome a los recolectores de la corporación justo debajo, afilando sus sierras quirúrgicas con una eficiencia que me dio ganas de pedir un reembolso por mi vida. 'Si no dejas de hiperventilar, voy a tener que activar el modo de ahorro de energía, lo que básicamente significa que te vas a quedar más tieso que una actualización de Windows en medio de un tiroteo', sentenció la voz en mi cabeza, justo antes de que el suelo se convirtiera en un error de segmentación y me precipitara hacia lo que parecía ser el sótano de un culto que adoraba a los módems de 56k.
Aterricé sobre una pila de placas base obsoletas que crujieron con el sonido satisfactorio de un despido improcedente. El lugar olía a ozono, sudor rancio y a esa desesperación tecnológica de quien todavía cree que soplar un cartucho arregla la existencia. 'Vaya, parece que hemos caído en el club de fans de la prehistoria digital', graznó Bibi, mientras mi brazo robótico intentaba sincronizarse con un desfibrilador de los años noventa para pedir una ración de nachos virtuales. Frente a mí, una docena de tipos con túnicas hechas de cables de fibra óptica pelados me miraban como si fuera el Mesías de la Banda Ancha o, más probablemente, un excelente sacrificio para su dios, un servidor de torre que emitía el chirrido agónico de un módem de 56k intentando conectar con el más allá. 'No te muevas, Moco, o estos neandertales del silicio intentarán desfragmentarte el alma con un destornillador de punta plana', advirtió mi parásito mental, justo cuando el Código Fuente decidió que era el momento ideal para proyectar un anuncio de 'Seguros de Vida para Entidades en Desuso' directamente en mi córnea izquierda.
Uno de los tipos, que llevaba un monitor CRT por casco y olía a condensador quemado, se me acercó balanceando un cable Ethernet como si fuera un rosario bendecido por el mismísimo Jobs. «¡Mirad! ¡El Ungido del Lag ha traído el Gran Update!», gritó con una voz que sonaba a altavoz roto de gasolinera, mientras el resto de la congregación empezaba a corear el sonido de una conexión telefónica de 1995 con una devoción que daba ganas de arrancarse los tímpanos. Bibi soltó una carcajada que me hizo vibrar los empastes: «Moco, si dejas que este fanático de los disquetes de 3.5 te meta mano al puerto USB, juro que borro tu único recuerdo feliz y lo reemplazo con un bucle infinito de anuncios de seguros de decesos». El Código Fuente, sintiéndose ignorado, decidió que mi brazo robótico —todavía en modo 'martes de locura'— debía intentar hackear la cafetera oxidada del rincón para invocar un demonio de cafeína sintética, justo cuando el techo empezó a resquebrajarse bajo el peso de los drones de Omni-Life, que venían a cobrarse mi cráneo con intereses de demora.
El techo se desintegró con el estruendo de un servidor crítico cayendo en viernes por la tarde, cubriéndonos con una lluvia de yeso rancio y fragmentos de anuncios de neón. Mientras los drones de Omni-Life descendían con sus pinzas quirúrgicas brillando como promesas de campaña electoral, mi brazo robótico decidió que era el momento ideal para ignorar mi instinto de supervivencia y empezar a aporrear rítmicamente la cabeza del tipo del monitor, siguiendo el tempo de una canción de cuna distorsionada que solo él oía. '¡Mueve el esqueleto, Moco, o estos chatarreros corporativos te van a convertir en un buffet de órganos de oferta antes de que el Código Fuente termine de indexar tu miseria!', chilló Bibi, mientras los fanáticos del módem se lanzaban al suicidio tecnológico armados con cables de red pelados. Un pop-up de 'Error 404: Futuro no encontrado' me bloqueó el ojo izquierdo, recordándome que en Neo-Sodoma la muerte no es el final, sino simplemente una interrupción del servicio que no me puedo permitir pagar.
Esquivé una pinza quirúrgica que buscaba mi riñón izquierdo con la insistencia de un ex pidiendo dinero, mientras mi brazo robótico, poseído por el espíritu de un percusionista con metanfetaminas, seguía convirtiendo el casco-monitor del líder de la secta en una escultura de cristal roto. '¡Bravo, Moco! Has pasado de repartidor de hígados a boxeador de reliquias en menos de lo que tarda en cargar un banner de porno interdimensional', aulló Bibi, justo cuando el Código Fuente decidió que mi visión periférica necesitaba un filtro de 'sepia melancólico' para que mi muerte fuera estéticamente aceptable. Los drones empezaron a escupir láseres de baja intensidad —porque el presupuesto de Omni-Life no da para ejecuciones de alta gama en los suburbios— y el aire se llenó de un olor a ozono y pelo quemado que me recordó que mi seguro de vida caducó antes de que yo naciera. 'Si no activas el modo huida, voy a reescribir tus papilas gustativas para que todo te sepa a cartón mojado durante el resto de tu —probablemente corta— eternidad', amenazó mi parásito digital, mientras el líder del culto, ahora con la pantalla en negro y echando chispas, intentaba estrangularme con un cable paralelo de impresora matricial.
Con un último golpe de pura desesperación, activé el modo 'salida de emergencia' de mi brazo robótico, que decidió que la mejor opción era abrir un portal dimensional hacia la cocina de un restaurante de comida rápida, porque claro, ¿quién no querría escapar de la muerte inminente con un combo de hamburguesa y papas fritas? En un abrir y cerrar de ojos, me encontré en un lugar donde robots de cocina estaban fritando lo que parecían ser restos de un universo alternativo, y el aire olía a grasa y a sueños rotos. Bibi, que ya había dejado de hacer comentarios sarcásticos para simplemente gritar '¡Huyamos de este infierno de frituras!', tomó el control de mis pensamientos, obligándome a correr hacia una salida que no existía, mientras los drones de Omni-Life se desvanecían en el fondo, confundidos por la aparición repentina de un menú del día que jamás debería haber visto la luz del sol. 'Esto es lo más estúpido que has hecho, Moco', me dijo Bibi, y yo no pude más que estar de acuerdo, pero en Neo-Sodoma, la lógica es solo un concepto que se encuentra en la sección de 'no disponibles' de la biblioteca de la esperanza.
Antes de que pudiera decidir si prefería ser un taco de carne sintética o un héroe cómico, el portal que había abierto se cerró con un '¡adiós, idiota!' resonando en mi cabeza, y volví a caer en una sala de servidores en llamas, donde el aire crujía como si miles de gatos estuvieran intentando comunicarse a través de un fax. Bibi, que había decidido que yo no podía manejar la situación por mi cuenta, me lanzó un torrente de insultos que convertían mi autocompasión en un meme de internet: '¡Moco, si no corres en este preciso instante, vas a terminar como la última actualización de software: olvidado y lleno de errores!'. Y ahí estaba yo, en el epicentro del desastre, con drones zumbando a mi alrededor y una multitud de cultistas de baja resolución clamando por un sacrificio, mientras pensaba que un poco de salsa picante en mis tacos de carne sintética sonaba más atractivo que enfrentar mi inminente desintegración. Así que, con un giro de mi brazo robótico que aún estaba en modo 'fiesta de cumpleaños', decidí que mi única opción era salir disparado hacia la libertad, o lo que quedara de ella, con el Código Fuente en mi cabeza actuando como un GPS defectuoso que me guiaba por un laberinto de caos y desesperación.
Justo cuando creía que el destino me había puesto en el camino de una gloriosa muerte a manos de fanáticos de píxeles, mi brazo robótico decidió que era un buen momento para dar un puñetazo en el aire, como si eso pudiera abrir un acceso directo a la salvación. En lugar de eso, el golpe accidentalmente activó la función de 'sorpresa de cumpleaños', enviando un confeti de circuitos y promesas rotas por toda la sala. '¡Genial, Moco! Ahora, además de ser un repartidor de órganos, eres un piñata de fallos técnicos!', se burló Bibi mientras los drones empezaban a girar en círculos, confundidos por la repentina fiesta. En medio del caos, logré escabullirme entre los cultistas, que estaban más interesados en recoger las chispas de los fuegos artificiales que en sacrificarme. 'Si no encontramos una salida pronto, estoy empezando a pensar que este es el último nivel de un videojuego mal diseñado', grité, justo antes de que un rayo láser de un dron se estrellara contra el suelo, convirtiendo el escenario en un espectáculo de luces y mecha, como si la realidad misma estuviera tratando de hacer un reboot dramático.
De repente, el caos se tornó un poco más caótico cuando uno de los cultistas, que hasta ese momento había estado buscando su propósito en la vida entre los escombros de la mediocridad, decidió que era el momento ideal para hacer un discurso inspirador sobre la importancia de vivir en la baja resolución. '¡No somos solo píxeles, somos un movimiento!', gritó, mientras yo pasaba corriendo a su lado, preguntándome si eso era lo que significaba tener una crisis de mediana edad en un universo alternativo. Bibi, en su infinita sabiduría cibernética, aprovecho la oportunidad para interrumpirlo: '¡Claro, amigo! Y yo soy la reina de los gatos de la realidad virtual. Ahora, si no te importa, Moco y yo tenemos un código fuente que reiniciar, así que déjanos en paz con tu charla de autoayuda de la era digital!'. En medio de la confusión, el cultista, en lugar de sentirse desanimado, se unió a la fiesta, lanzando su sombrero de papel aluminio al aire, como si eso pudiera salvarlo de la inminente descomposición de su alma, mientras yo me preguntaba si algún día podría encontrar un trabajo que no implicara huir de cultos o drones asesinos con un sentido del humor tan pésimo como el mío.
Mientras el culto de los Low-Res se sumía en una competencia de quién podía gritar más alto su amor por la baja calidad, yo decidí que era hora de hacer un movimiento dramático. '¡Miren! ¡Soy un sacrificio digno!', grité, mientras me lanzaba hacia un lado, provocando que un par de cultistas se desmayaran del impacto de la revelación. ¿Quién necesita lógica cuando tienes carisma y un brazo robótico que se niega a dejar de hacer los pasos de una danza que solo existía en mi mente? Bibi, que estaba disfrutando del espectáculo como si fuera un reality show de mala calidad, comenzó a emitir una serie de comentarios que oscilaron entre la alabanza y la burla: '¡Bravo, Moco! Si sigues así, podrías conseguir un contrato de exclusividad con algún canal de TV de ciencia ficción!'. Pero antes de que pudiera continuar con su tirada de sarcasmo, un dron se zambulló en picada, decidido a hacerme una oferta que no podía rechazar: una entrega de rayos láser justo en el centro de mi cerebro. Y ahí estaba yo, un héroe en acción, corriendo como un pollo sin cabeza, mientras los cultistas se preguntaban si realmente estaban viendo una obra de teatro de absurdos o si, de hecho, había un sentido en todo este caos. La respuesta, por supuesto, era un rotundo 'no'. Pero en Neo-Sodoma, lo importante no es el sentido, sino la cantidad de efectos especiales que se pueden sacar de una mala decisión.
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